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El mundo rural agoniza porque ya apenas tiene quien lo habite. Quizás esta no sea una de las principales preocupaciones para el 80% de la población que vive en entornos urbanos y que convive día a día con la angustia de la precariedad laboral, los recortes sociales o la corrupción. Pero si el mundo rural desaparece –y con él nuestras productoras y productores– desaparece quien nos da de comer. Estaremos, así, ante la victoria de un injusto sistema mundial de distribución de alimentos, controlado por los gigantes de la industria y que pone en riesgo algo que es esencial: nuestra soberanía alimentaria.

Los programas de desarrollo rural destinan a las medidas de revitalización demográfica sólo un 2,53% del presupuesto total; 331,45 millones de euros en el conjunto del Estado español. Una cifra insuficiente para un objetivo tan ambicioso, ya que el declive poblacional de nuestros pueblos es un problema estructural y profundo. Y debería de estar mucho más presente en nuestra agenda política.

Este declive, se debe, en el contexto de envejecieminto poblacional europeo, al inevitable ajuste agrario derivado de la industrialización. En 1976, el 22% de la población activa española trabajaba en la agricultura, en 2003 era ya sólo el 6%. Sin embargo, esta pérdida de empleo agrario pudo haber sido compensada en parte por la generación de actividades en otros sectores, y no lo fue. Hoy en día, el ajuste agrario continúa debido al constante cierre de explotaciones a causa de la crisis de nuestra agricultura y a la sombra amenazante de los tratados secretos de libre comercio como el TTIP o el CETA. Detrás de este problema está la mala gestión de la Política Agraria Común y, sobre todo, la falta de voluntad política para ir a la raíz del problema: nuestro modelo de crecimiento económico, de alimentación y de vida.

La sensación de soledad y aislamiento y la constatación de que cada vez somos menos, es el primer elemento de frustración con que se encuentra la población rural. Tenemos que tener en cuenta que las personas que mantienen poblado el mudo rural y, especialmente los agricultores y ganaderos, prestan un servicio a la sociedad, no sólo porque le proporcionan alimento, sino también porque preservan el paisaje social, humano y hasta afectivo que a la gente de la ciudad le gusta visitar y disfrutar. Su actividad es, en sí, un bien público y, desde este punto de vista, debemos garantizar que vida en el rural sea menos dura; potenciando y protegiendo servicios públicos de calidad y próximos y creando incentivos para sus habitantes que mejoren la calidad de vida y compensen su esfuerzo y sus menores posibilidades de desarrollo y de formación en ámbitos diversos; de descansar, viajar, de acceso a la cultura, al ocio.

Quienes llegamos a Podemos saliendo de nuestros pueblos –y para poder volver a ellos–, sabemos que tenemos que ganar el futuro de este país de la mano de toda la gente decente que anhela una tierra de la que no tener que marchar.

Es cierto que el discurso sobre lo rural, sobre su futuro y sobre los usos de la tierra es complejo de tejer y suele quedarse esquinado en los mensajes electorales por su baja rentabilidad mediática y, lo que es peor, en las acciones de los Gobiernos. La mayoría de los partidos políticos convencionales han preferido siempre un acercamiento al campo ligado a la cultura de la subvención y de la dependencia, lo que les permitía no tener que planificar a medio ni a largo plazo mientras obtenían, eso sí, rédito electoral inmediato. Pero lo que mundo rural necesita proyectos innovadores que generen riqueza, proyectos ligados al territorio que apuesten por la soberanía alimentaria. Solo así podremos crear empleo a corto y a largo plazo, asegurando un futuro digno para nuestra gente.

Por eso; porque queremos seguir en nuestros hogares, en nuestras comarcas, y en esa mágica «cabezonería» de habitar nuestros pueblos, seguimos luchando contra la despoblación y por un Mundo Rural con futuro. También por eso tenemos la voluntad de recorrer hasta el último kilómetro de nuestro Estado durante los próximos cuatro años, generando espacios de debate y reflexión colectiva sobre la importancia de mantener vivo el rural. Porque sin pueblos vivos, las ciudades no se sostendrán.
Frente a la despoblación, la soledad y el aislamiento: eficiencia y solidaridad.

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