Publicado en El Comercio

He pasado las últimas semanas recorriendo con compañeras y compañeros de Podemos varios pueblos de España para hablar de las dificultades que enfrenta la gente que trabaja y mantiene vivo nuestro mundo rural. Creo firmemente que Podemos llegó a las instituciones para servir como herramienta de transformación social y política, por eso considero esencial que la dotemos de un componente rural construido junto a nuestra gente del campo y de la mar.

El discurso sobre lo rural, sobre su futuro y sobre los usos de la tierra es complejo de tejer y suele quedar esquinado en los mensajes electorales por su baja rentabilidad mediática y, lo que es peor, en las acciones de los Gobiernos. La mayoría de los partidos políticos convencionales han preferido siempre un acercamiento al campo ligado a la cultura de la subvención y de la dependencia, lo que les permitía no tener que planificar a medio ni a largo plazo mientras obtenían, eso sí, rédito electoral inmediato.

Pero lo que el mundo rural necesita son proyectos innovadores que generen riqueza, proyectos ligados al territorio que apuesten por la soberanía alimentaria. Solo así podremos crear empleo a corto y a largo plazo, asegurando un futuro digno para nuestra gente. Las Administraciones deberían subvencionar la investigación, asegurando además las condiciones económicas y sociales para que la gente pueda llevarlos a cabo.

Decía Gandhi que «en la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos». Como persona que hace política, me preocupa visibilizar nuestro sistema de producción y distribución de alimentos. Visibilizar la importancia que tiene como un componente clave para explicar por qué hay gente que pasa hambre, mientras que otra desperdicia alimentos, o por qué nuestros productores se ven obligados a regalar o a tirar sus productos. Visibilizarlo para explicar qué funciona mal y visibilizarlo para explicar el horizonte al que queremos llegar. En este sentido, creo que hay un concepto que Podemos no ha utilizado tanto como debería y que puede ser importante para tejer ese puente tan necesario entre la realidad urbana y la realidad rural para construir de una vez por todas un imaginario de solidaridad y fraternidad entre ambos espacios: el del derecho a la alimentación, reconocido ya en algunos países de América latina y que Europa se niega a afrontar.

Nuestras comarcas, montañas, valles, llanuras y hermosas costas son probablemente lo mejor de nuestras tierras y tienen que ser lugares amables para vivir de la mano de la noble gente que habita este planeta. Simplemente por eso: por el derecho a una vida digna para cualquiera. Defender el campo y la mar es defender la dignidad, la vida y la soberanía alimentaria de nuestros pueblos.

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