Publicado en El Salto 

“Las mujeres rusas y europeas deberíamos unirnos frente a Gazprom y a todo el poder corporativo que nos gobierna.”

A falta de un milagro, este domingo los dos polos opuestos de la geopolítica mundial seguirán gobernados por dos histriónicos paradigmas del patriarcado: Donald Trump a un lado y Vladimir Putin al otro. A la Revolución Feminista de 2018 le quedan, por lo tanto, muchas ofensivas a las que hacer frente en el panorama internacional. Hemos empezado desde abajo, en las casas, en los empleos, en las calles. Pero tendremos que seguir caminando largo rato, unidas, hasta alcanzar los espacios del poder corporativo que gobierna hoy el mundo.

En Rusia el poder se llama Gazprom y es una de las mayores compañías de gas del mundo, y el mayor suministrador de gas de Europa. Gazprom está generando un impacto económico, social y medioambiental irrecuperable en muchos territorios dentro y fuera de sus fronteras y todo esto en connivencia con la UE. La compañía es una buena conocida tanto entre los intrincados pasillos de la Comisión, como en el propio despacho del comisario de las puertas abiertas a los lobbies, Miguel Arias Cañete.

En Europa, en vez de orientar la producción hacia la soberanía energética y las fuentes renovables, así como hacia la reducción de la demanda de energía, es decir, hacia el mantenimiento de la vida, estamos apostando por el gas natural, que lejos de ser una energía limpia, es igual de dañino, si no peor, que otros combustibles fósiles. Su extracción y transporte produce fugas de metano, un gas muchísimo más contaminante que el CO2.

El gran respaldo electoral que avala al presidente ruso contrasta con las muchas acusaciones de violaciones de los derechos humanos que ha cometido estando en el Gobierno

Y en todo este entramado energético entre Rusia y la UE, las mujeres somos las grandes excluidas de las esferas de decisión. Y no es casual. El feminismo reclama poner la vida en el centro y este reclamo —el de la sostenibilidad de la vida— es incompatible con un modelo energético contaminante, inseguro, oligopólico, ecocida, injusto y, además, “machista y falocrático”, tal como denunciaron recientemente en Bilbao las organizadoras del I Encuentro Género y Energía.

Pero volvamos a Rusia. Putin se prolongará en el mandato durante seis largos años más. El gran respaldo electoral que avala al presidente ruso contrasta con las muchas acusaciones de violaciones de los derechos humanos que ha cometido estando en el Gobierno. Por no hablar de su manejo del conflicto checheno, de su implicación en la guerra de Siria defendiendo a Bashar Al Assad o del claro retroceso en las conquistas democráticas rusas que han supuesto reformas como el fin de las elecciones por voto universal y directo de los presidentes de las repúblicas de la Federación.

Para las mujeres y para la libertad sexual, Putin ha sido un continuo azote. El año pasado, aprobó una ley que libera a los maridos de la responsabilidad penal —con algunas pequeñas excepciones— por los actos de violencia física. Y lo hizo teniendo en cuenta que la gran mayoría de los los crímenes violentos contra las mujeres son cometidos por sus parejas.

El año pasado, Putin aprobó una ley que libera a los maridos de la responsabilidad penal —con algunas pequeñas excepciones— por los actos de violencia física

Las mujeres rusas no pueden, por ley, conducir un tractor, ni cambiar tuberías. Hay 456 empleos que tienen prohibido tener. La pocas mujeres que existen en la política rusa son ex modelos, bailarinas o presentadoras de televisión —es el caso de Ksenia Sobchak, única candidata a la presidencia en estas elecciones—. Y todo esto en un país cuyas mujeres desencadenaron una de las mayores revoluciones de la historia cien años atrás. En el primer país del mundo en legalizar el aborto.

El feminismo es hoy una mala palabra entre la élite rusa y entre gran parte de la sociedad. Abundan las reflexiones sobre cómo las mujeres postsoviéticas abogaron por recuperar “su feminidad” a costa de la igualdad. La defensa de los roles asignados al sexo está también detrás de la discriminación, violencia y persecución que sufren las personas LGTBI en Rusia.

El feminismo es hoy una mala palabra entre la élite rusa y entre gran parte de la sociedad. Abundan las reflexiones sobre cómo las mujeres postsoviéticas abogaron por recuperar “su feminidad” a costa de la igualdad

Ante este panorama, ante los Putin y los Trump del mundo, urge una alianza entre mujeres, no sólo para que aquellas que están más sometidas estas recuperen o amplíen sus derechos como ciudadanas, sino también para poder hacer un frente común en defensa de la tierra y de los recursos naturales. Porque lo que decide Putin, nos afecta a todas. Porque somos las mujeres las que más sufrimos los efectos del cambio climático, de las guerras, de la pobreza y a la vez las que tenemos más experiencia y más recursos para organizar y gestionar el mundo de una manera más sostenible para la vida.

Por eso, las mujeres rusas y europeas deberíamos unirnos frente a Gazprom y a todo el poder corporativo que nos gobierna.

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