En los últimos tres años han muerto más de 15.000 personas tratando de alcanzar nuestras fronteras. La Unión Europea debería estar más cerca de una condena mundial por violación sistemática de los Derechos Humanos que de un premio. Sólo ha dado refugio a 46.522 personas, de las 160.000 a las que se comprometió. Y, sin embargo, la Fundación Princesa de Asturias ha decidido conceder nada menos que el premio de la Concordia a esta institución, a propuesta del eurodiputado socialista Jonás Fernández. ¿Qué tipo de concordia representa una institución que se afana en rescatar bancos, pero no hace lo mismo con las personas?

La UE nos ha proporcionado un mercado único y una moneda común. Pero frente a los objetivos fundacionales de cohesión territorial, lo que la UE nos ha dejado por delante es una creciente desigualdad. Y no nos engañemos: las políticas neoliberales son las que han abierto la caja de los fantasmas del pasado que hoy vuelven a recorrer Europa. Le Pen, Wilders, Alternativa por Alemania o el Brexit son consecuencias de la Troika y de la Gran Coalición que gobierna el continente.

La UE del austericidio y la insolidaridad se encuentra sumergida en una profunda crisis de valores; es una institución cada vez más opaca y menos democrática. Un lugar donde los lobbies empresariales campan a sus anchas y donde lo que importa cada vez menos es el bienestar de la gente. Puede que a multimillonarios como Juan Miguel Villar Mir –implicado en los Papeles de Panamá y en las tramas de corrupción del PP– y miembro del patronato de la Fundación Princesa de Asturias, como también lo fue, por ejemplo, Rodrigo Rato, estas cosas no les afecten demasiado. Puede que hasta encarnen sus valores. Pero está claro que quien ha propuesto este premio y quien lo ha concedido demuestra lo lejos que está de clamor de la ciudadanía.

No estoy en contra de estos premios. Lo que cada cual haga con su dinero y su tiempo libre es responsabilidad individual. De lo que sí me declaro completamente en contra es de utilizar dinero público para patrocinar un régimen caduco y tan lejano de los problemas reales de la mayoría de las y los asturianos. Dinero público que en Asturias estaría mejor invertido, por ejemplo, en impedir el cierre de las escuelas rurales (como la de Barres), en prevenir los incendios que estos días arrasan nuestro patrimonio natural, en poner en marcha planes reales de repoblación de las alas y de las Cuencas Mineras, o en apostar por la inversión en i+D+i en nuestro territorio. Y, sobre todo, en que seamos capaces, de una vez por todas, de detener la sangría de emigración de la juventud que está dejando a Asturias tristemente cada vez más empobrecida y envejecida.

Me temo que en nada de esto pensaron Jonas Fernández o el PSOE cuando propusieron el premio de la Concordia a la Unión Europea. Imagino que estaban más ocupados pensando qué símbolos continuar utilizando en su campaña de lavarle la cara a este sistema. Por fortuna, la ciudadanía en Asturias se ha indignado y muy probablemente lo que nos encontremos estos días en las calles sea un movimiento popular con la idea aún más clara de que lo que queremos es otra Europa, otro país y otro mundo. Y ningún premio, por mucha rimbombancia y engaño que pretenda acompañarle, nos va a desviar del camino a seguir. Porque no hay nada más poderoso que la verdad en manos de un pueblo consciente de sí mismo y sin miedo a plantarles cara a los poderosos.

(Este artículo fue publicado en la edición impresa de La Nueva España, el 19/10/2017)

 

 

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