La ausencia de una gestión pública y sostenible de la fauna salvaje

Foto: Wikimedia Commons

Este verano  en Cudillero una turista se escandalizó por la cara que puse al contemplar cómo su familia alimentaba a las gaviotas en la ribera del puerto. No es para menos. Las vecinas y vecinos de Cudillero convivimos con la fauna salvaje que habita allí. Lo hacemos desde siempre. El problema aparece cuando la ausencia de una gestión pública y sostenible de esta convivencia se hace patente. Comprendo que para los turistas que vienen dos días a pasearse por el pueblo sea difícil ver que las gaviotas no son una convivencia sencilla, porque hay demasiadas. Esta superpoblación complica la vida de los vecinos y para las que allí vivimos no resulta exótica. Ni nos gusta ver cómo los turistas las alimentan sin preguntarse si eso es lo mejor, tanto para ellas como para nosotros.

Sin ánimo de banalizar la polémica ni de hacer generalizaciones vacías, me gustaría trasladar este ejemplo al campo y expresar desde estas líneas mi máximo rechazo a que se tomen decisiones políticas que afectan a un territorio sin tener en cuenta a las personas que viven en él. En el campo asturiano el problema del lobo no es el principal problema pero nos llevaríamos a engaño ignorándolo o poniendo un parche a la polémica.

El lobo es un animal legendario y hermoso que debemos proteger de la extinción, como todas las especies de la naturaleza (incluidas las gaviotas). Pero más allá de esta visión ambientalista, e incluso bucólica, que además suele partir de una mirada urbana, debemos ser conscientes de que sus ataques a las reses hacen perder cada año miles de euros a nuestros ganaderos. Ganaderos que, al final, son quienes comparten el espacio con el lobo y que, a duras penas mantienen con vida el espacio rural.

El lobo es una especie de interés comunitario. Por eso, para compensar las pérdidas que sufren los ganaderos por mantener viva la especie, la Administración debe cubrir los gastos. Sin embargo, aparecen otra vez los problemas al no cobrar a tiempo las indemnizaciones. Muchas veces este hecho provoca que los propios ganaderos desestimen solicitar las ayudas que por derecho le corresponden. En ocasiones, el importe a percibir es insuficiente o simplemente no resulta fácil encontrar una res que ha desaparecido entre la maleza. Por eso, es imprescindible facilitar la tramitación y aumentar el importe de las ayudas.

Porque, al final, si hay una especie en peligro de extinción en Asturias es la de las ganaderas y ganaderos que encuentran dificultades en las campañas de saneamiento de cada año (con protocolos que les abocan a una ganadería intensiva que cada vez tiene más difícil competir en precios con los productos foráneos), que sufren unos elevados costes de producción, que tienen limitaciones y complicaciones para poder movilizar su cabaña y que, en definitiva, no cuentan con unas administraciones que pongan a la ganadería como bien primario que defender.

El lobo no es la única especie salvaje con la que los ganaderos tienen que convivir. Existen muchas más a lo largo y ancho del país y en cada territorio las particularidades son distintas. Pero todas ponen en evidencia una falta de responsabilidad y de mirada holística en esta cuestión. Y convierten en clamor la necesidad que tenemos de generar valor añadido en los productos que salen de nuestro campo.

El lobo forma parte de nuestro territorio, pero el ganadero también. No olvidemos jamás que el paisaje es la consecuencia de la interacción del ser humano con él. Y en Asturias tenemos demasiado legado del que enorgullecernos y que cuidar cada día del año. Pongamos la ordenación del territorio en el centro del debate, seamos capaces de abordar la discusión de manera responsable, sosegada y honesta. Velemos por el conjunto para seguir disfrutando de productos de calidad y de cercanía y también de especies únicas, hermosas y legendarias. Porque Asturias no sólo es una postal. Es una fuente de vida.

(Publicado en La Nueva España el 7/9/2017)

Comments

comments

About Author