Hablemos claro

La relación entre la actividad económica y el deterioro medioambiental ha dado lugar a un largo y encontrado debate a lo largo de la historia. Un debate de fondo filosófico, como veremos. En nuestras sociedades, el pensamiento dominante es que los recursos naturales son, al fin y al cabo, mercancías al servicio de los procesos de producción y consumo humanos. En este sentido, para cuidarlos lo mejor es asignarles un valor monetario. De ese tipo de cálculos derivan las teorías de “quien contamina paga” y, más recientemente, la de “quien conserva cobra”. No es la única visión, desde luego. Hay otras formas de entender nuestra relación con la naturaleza. Pero cuando la noción de desarrollo sostenible empezaba a ser universalmente aceptada en el mundo capitalista –a partir, sobre todo, de la Cumbre de Río de 1992– el presidente de EE.UU ha dado un portazo en la cara de los mandatarios del mundo. Y, lo que es más importante, los ha puesto frente al espejo de sus contradicciones.

Donald Trump se ha salido del Acuerdo de París, un compromiso suscrito en la Cumbre del Clima de 2015 por 195 países con el objetivo de reducir el total de emisiones de gases efecto invernadero en el mundo. Trump, en su habitual estilo provocador, ha dicho cosas como: “Fui elegido para gobernar Pittsburgh, una ciudad del cinturón industrial estadounidense, y no París”. Su argumento es que nada debe detener el crecimiento económico de EE.UU y la generación de empleo. ‘America first’ es su lema.

En el fondo, este pensamiento de Trump dista mucho de ir contra el actual sistema. Es, más bien, una versión radicalmente franca del pensamiento del establishment mundial. Porque lo cierto es que el Acuerdo de París, vendido como un gran éxito en la lucha contra el cambio climático, se aleja lo más posible de su causa real: nuestro modelo de crecimiento económico, nuestro modelo productivo y nuestro modelo de vida. Promete el oro y el moro: salvar el planeta sin cambiar nada.

La lógica productivista de “siempre más” sigue siendo la norma pese a que la mayoría de países occidentales hayan aceptado incorporar instrumentos de la economía ecológica a sus políticas bajo el razonamiento de una mayor eficiencia. Pero siguen sin atender a la limitación de los recursos y los criterios de equidad y bienestar de toda la sociedad. Porque no nos engañemos: cuando Trump dice ‘America first’ lo que quiere decir es ‘los americanos ricos primero’. Cuando habla de crecimiento económico habla del enriquecimiento de unos pocos a costa de la pobreza de las mayorías. Lo de siempre, vaya.

Por eso, cada vez estamos más convencidas de que debemos decir de manera clara la verdad. Mientras no exista en algún sitio la idea de que lo suficiente es bueno y más de lo suficiente malo, los recursos naturales seguirán agotándose y las desigualdades sociales continuarán presentes. Nos queda muy poco tiempo para reaccionar. Estamos acabando con todo el planeta mientras dejamos que gobiernen los mismos que destruyen y roban nuestro capital natural y el de nuestras generaciones futuras. No es ninguna broma.

La historia nos ha demostrado que muchas comunidades, desde los pueblos indígenas a los comuneros de los montes vecinales han sido capaces de cuidar sus bosques y sus tierras, sin agotar los recursos, sin dañarlos o sobre explotarlos, simplemente porque sabían que cuidar la tierra es cuidar la vida. Cada año son asesinadas en el mundo cientos de personas por defender el medio ambiente frente a los intereses económicos de las grandes corporaciones. La hondureña Berta Cáceres fue asesinada en 2016 por defender la tierra y el agua y por decir cosas como esta: “Mientras tengamos capitalismo este planeta no se va a salvar, porque el capitalismo es contrario a la vida, al medioambiente, al ser humano, a las mujeres”. Ella habló claro porque sabía que las palabras son semilla que algún día ha de brotar. Sigamos su ejemplo.

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