Cuando la mar nos lo daba todo

Estefanía Torres
Eurodiputada de Podemos

Cuando yo tenía cuatro años, Cudillero era el principal puerto pesquero asturiano. Aglutinaba el 23% de las embarcaciones de la flota asturiana y tenía el mayor número de tripulantes: 837 (cerca del 30% del total). Tan grande fue la riqueza que llegó a nuestra costa en los años ochenta que los pescadores no tenían que desempeñar varios oficios para sobrevivir: la pesca era su única fuente de ingresos. Y, en consecuencia, toda nuestra vida, la de sus familias, estaba vinculada al salitre. De Cudillero dijo Ortega y Gasset que era «el pueblo que tenía el alto estilo de las razas pescadoras». De ese estilo hoy sólo queda un pequeño reflejo.
Cuando yo iba a la escuela, dos colegios impartían la EGB. Hoy sólo queda uno, que sufre un goteo constante de pérdida de alumnado cada año. Cuando yo iba a la escuela, todavía proliferaban las asociaciones culturales, deportivas y folclóricas. Hoy se cuentan con los dedos de una mano las que luchan por sobrevivir.
La despoblación en Cudillero ya no amenaza con llamar a la puerta. Ha entrado de lleno en nuestra vida y desde hace años se asume fácilmente aquello de que «ya no hay futuro aquí», aquello de que «habrá que largarse para poder vivir». Una cantinela que ya en los años cincuenta se repetía en las zonas rurales interiores mientras mi pueblo, sin embargo, por entonces no dejaba de crecer. La mar nos lo daba todo: riqueza, trabajo, alimento y futuro. Lo demás lo ponían unos hilos fortalecidos en la tradición marinera que se había ido transmitiendo de generación en generación.
Cuento todo esto porque puede que los pescadores asturianos se sientan ligeramente aliviados por recuperar el cupo de pesca de la xarda que les corresponde por derecho. Pero sería deshonesto afirmar que todo se solucionará con una justicia que llega tarde (muchos barcos se desguazaron en estos años). Del mismo modo que deshonesto fue decirnos que Europa nos iba a traer riqueza y prosperidad y a la vuelta de treinta años mi pueblo no es ya ni la sombra de lo que algún día fue.
En los años noventa casi el 95% de las lanchas de Cudillero eran artesanales y de bajura. Un dato particularmente interesante, sobre todo cuando, a pesar de haber perdido flota a pasos agigantados, la laminaria de nuestras costas se ve cada día más dañada. Somos conscientes de lo que ha pasado: se ha castigado a la pesca artesanal y premiado a la gran industria a través de la construcción de arrastreros enormes. La consecuencia es que se ven abocadas al desguace las lanchas más sostenibles y lanzados a la altura los marineros. Lo demás es la crónica de una muerte anunciada.
Y es que la despoblación no es un fenómeno meteorológico. Es la consecuencia del diseño de políticas traicioneras y dañinas para los sectores estratégicos. En mi pueblo la pesca de bajura era eso: nuestro motor de vida. Gripado el motor, avanza la muerte. Porque no se ha hecho ninguna reconversión. Se nos arrebató el derecho a la mar, que era lo más importante que teníamos y a cambio se nos dejó en la orilla, entristecidos, observando cómo el sector servicios, precario y estacional, no sirve para mantenernos todo el año.
Por eso hablar de soberanía siempre será hablar de la defensa de los sectores estratégicos de nuestro pueblo. Por eso es tan necesario que los pescadores no se conformen con un pequeño balón de oxígeno, porque nos jugamos muchísimo más. Cudillero no sólo perdió gran parte de su flota pesquera, perdió parte de su memoria y de su tradición marinera. Y eso es lo más doloroso y a la vez la lección más importante que debe darnos la villa pixueta.
De lo local a lo global se hace el camino. Ojalá la historia de mi pueblo sirva para agitar las conciencias necesarias que devuelvan la lucha y la esperanza. No sólo a Cudillero, sino a tantos hermosos y recónditos lugares rurales que tienen todavía tanta vida que ofrecernos.

Publicado en La Nueva España el 20 de marzo de 2017

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