La agricultura industrial se encuentra entre los principales responsables del cambio climático y, al mismo tiempo, el cambio climático es uno de los mayores problemas relacionados con la seguridad alimentaria.

 

Ya nadie duda de los efectos devastadores del Cambio Climático: el 90% de los desastres naturales están relacionados con el clima y, según la ONU, el cambio climático está provocando una media de 30.000 muertes anuales y más de 4.000 millones de heridos.

Durante estos días de celebración de la Conferencia Anual por el Clima en Marrakech, tenemos ante nosotros una nueva oportunidad para hacer realidad la necesaria transición ecológica y energética; la transición hacia un modelo de vida más equitativo y más sostenible.

Porque no nos engañemos: el Acuerdo de París resulta totalmente insuficiente para lograr el propio objetivo a largo plazo que se marca: no superar los 2°C de aumento de temperatura al final de este siglo. Muy al contrario, si no rectificamos y reducimos los niveles de contaminación, pronto el aumento de la temperatura superará los 3,5º.

El Acuerdo de París la agricultura no está presente en ninguno de los compromisos -cabría preguntarse el porqué, pero quizás las respuestas nos ocuparían hoy demasiado tiempo-. Sin embargo, la agricultura industrial se encuentra entre los principales responsables del cambio climático y, al mismo tiempo, el cambio climático es uno de los mayores problemas relacionados con la seguridad alimentaria.

Las personas más pobres del mundo, -muchas de las cuales son agricultoras, pescadores y pastoras-, están siendo las más afectadas por las altas temperaturas y el aumento de la frecuencia de desastres relacionados con el clima. Es urgente que los Estados aborden la alimentación y la agricultura en sus planes de acción climática. Deben invertir más en desarrollo rural, en agroelocología, en fortalecer la resiliencia de los pequeños agricultores. Porque sólo así podemos garantizar la seguridad alimentaria de una de la población, a la vez que reducimos las emisiones.

Es abrumador pensar que pese al hambre que causa 40.000 muertes al día en el mundo, el 60% de los alimentos que producimos acaban desperdiciados en algún momento de la cadena de distribución. Dedicamos el 30% de toda la superficie productiva del planeta a producir alimentos que luego se tiran a la basura; y gastamos en ello el 30% de todo el consumo mundial de agua. Los desperdicios alimentarios implican la producción de 3.300 millones de toneladas equivalentes de CO2, lo que sitúa al desperdicio alimentario en el tercer lugar de los mayores productores mundiales de gases de efecto invernadero, solo por detrás de Estados Unidos y China.

Si frente al sistema actual de producción y distribución de alimentos incidimos en el derecho a la alimentación y promovemos una producción agroecológica, con circuitos cortos de comercialización estaremos dando de comer al mundo de manera sostenible y equitativa, a la vez que mitigaremos el cambio climático. Esto se podría lograr con una pequeña parte del apoyo investigador y público que ahora se destina a otras opciones tecnológicas como los transgénicos, que refuerzan un sistema agroalimentario insostenible.

Necesitamos entender que la lucha contra el cambio climático no se soluciona con acuerdos de sumas y restas. El desafío es grande y, en él, los pequeños agricultores tienen que dejar de ser los más vulnerables para convertirse en los más valiosos de esta lucha. Tenemos que reorientar la inversión agrícola hacia las necesidades de aquellos que se sitúan en primera línea frente al cambio climático y la producción de alimentos. Porque como dice Serge Lautouche, «no se puede salvar el planeta y salvar un  business injusto e insostenible al mismo tiempo». Hay que escoger.arton4335-11b1c

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